Por qué dividir grandes problemas en pequeños retos.

 

Algunos solemos decir que a grandes problemas, grandes soluciones. Ahora bien, hay otro modo de encarar un imprevisto de envergadura y es a través de la segmentación y partición de ese gran QUÉ en pequeños interrogantes, etapas y objetivos.

 

Habitualmente solucionar un problema no es cuestión de hacer un gesto o centrarse en un aspecto en concreto, en función de la etapa del proyecto en que se encuentre, o de la índole que tenga el mismo problema, requiere de varias acciones simultáneas o consecutivas para su resolución. Entender esta clasificación y de los múltiples objetivos que presenta para conseguir solucionar aquel todo que tanto afecta a nuestra empresa o vida personal, hace que retroalimentemos a la vez la energía y la ilusión por sobreponernos a tal situación.

Cuando un problema o imprevisto es importante, sobrellevarlo es un estado de ánimo en muchos casos, y como tal, necesita verse recompensado en la medida en que nos esforzamos. Es por ello que establecer el objetivo único en la resolución del problema hace que no haya percepción del premio hasta acabado todo el proceso. Esta forma de encarar los problemas empresariales ya adelantábamos que depende en muchas ocasiones de las etapas del proyecto en que nos encontremos, o de la propia naturaleza de la empresa, pero aun así suele tener una mayor propensión al abandono por la frustración que pueda provocar la dificultad del reto global o la lejanía en la resolución del mismo.

Adoptando este concepto de la partición de un todo en muchas pequeñas partes podemos dibujar una forma de trabajar o encarar la vida profesional como es la planificación por objetivos. Parten de una misma filosofía aunque sea para fines distintos a través de la división de pequeños esfuerzos que generen un todo mayor.

Las etapas de cualquier proyecto son diversas, pero imaginemos un emprendedor con ganas de tirar adelante su idea de negocio. Su meta final será evidentemente el lanzamiento oficial de su empresa al mercado y la llegada de sus primeros clientes, para posteriormente ir cumpliendo con las previsiones de ventas y consiguiendo el beneficio, margen o socios necesarios para que su proyecto crezca. Ahora bien, estos objetivos son a menudo difusos o faltos de cuantificación monetaria y, en muchos casos, temporal. Plantear estas etapas del proyecto a través de pequeños logros hace todo el proceso mucho más apremiante e ilusionante si cabe: definir una marca comercial para la empresa, diseñar un logotipo, estampar las primeras tarjetas de presentación, finalizar la web, tener funcional una ecommerce, lanzar los primeros anuncios de pago online… todas estas acciones llevan a los macroobjetivos anteriormente definidos, pero gracias a este planteamiento segmentado conseguimos mantener la ilusión en alza, y tener además la percepción de que las cosas avanzan a mayor velocidad y de forma más gratificante.

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