Hace tiempo que terminologías como la de “Smart City” no nos suenan tan alejadas de la realidad del momento y producto de una fantasía futurista. Las ciudades inteligentes poco a poco van llegando, y son varios los municipios o ayuntamientos que toman medidas en sintonía a las enseñanzas propias de un Máster en planificación territorial y gestión ambiental. Y es que esta área de estudio a priori desconocida está ganando relevancia por el énfasis de muchas empresas y entidades públicas en unir y cuidar dos conceptos históricamente peleados: sociedad y sostenibilidad.

*Imagen: ec.europa.eu

La sociedad y la sostenibilidad hacen las paces

Esta es la premisa sobre la que se construye una Smart City, capaz de aportar valor real a la población y, además, respetar el medio ambiente para tener así un futuro factible con la mayor calidad vital posible.

El clásico ejemplo de calidad del aire muchas veces lo encontramos en el énfasis de los ayuntamientos e instituciones públicas en que las personas utilicen el transporte público para acudir al trabajo, o bien que compartan coche con otras personas con una trayectoria similar o compatible.

Una Smart City va mucho más allá de este concepto, y no por ello es contradictoria con una política de bonificación del transporte público sostenible o de baja contaminación. Veámoslo con un ejemplo.

Caso práctico de una Smart City sostenible

Imaginemos la cantidad de personas que diariamente buscan aparcamiento en cualquier ciudad o pueblo donde (como pasa en la mayoría) encontrar un hueco es una tarea complicada a según qué horas. Para este caso, el uso del transporte público es una excelente alternativa, pero también es una solución el planteamiento de una ciudad inteligente que vele por la gestión ambiental. Para el caso, se adaptaría un sistema de conexión en tiempo real con los vehículos que desearan integrarse a la red, y en que se les informara de la localización precisa de aparcamientos disponibles en las calles próximas a su lugar de destino o allá por donde circulen.

Incluso se podría llevar más allá este caso práctico de la sostenibilidad de una Smart City si se creara un sistema de reservas también en real time semejante al que tienen los taxistas para recoger clientes que utilizan alguna app móvil para ello. De este modo, todo el mundo tendría asignada una plaza a medida que estuviera llegando a su lugar de destino en base a la disponibilidad (de haberla, por supuesto), y así con un simple reconocimiento de matrícula, el aparcamiento quedaría libre una vez el coche llegara a su lado.

Si este caso lo ampliamos a todos los conductores de la red urbana de cada ciudad, reduciríamos en gran medida la contaminación producida por el exceso de coches que circulan en círculos buscando a ciegas un aparcamiento disponible.

Ya sabíamos que la planificación territorial debía ir de la mano de la gestión ambiental, pero con la llegada y normalización de las ciudades inteligentes, las posibilidades reales al respecto de la calidad ambiental y social son mucho más prometedoras.

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